
Alguna vez escribí sobre las desgracias de tener demasiadas opciones entre las cuales elegir. En ese momento, fue un comentario acerca del libro de Barry Schwartz, un psicólogo que ha investigado los impactos de la sobredosis de alternativas.
Decenas de salsas para ensaladas, centenas de
modelos de teléfono celular, miles de marcas de zapatos con variaciones
infinitas en cada una de ellas y una nueva colección haciendo su aparición cada
seis meses, o menos, para mencionar algunos de los rubros en los que nadamos en
un océano de posibilidades, yendo de una a otra, sopesando y sufriendo cada una
antes de escoger. Y muchas veces, con el resultado de nuestra interminable
búsqueda en nuestras manos, el sabor que queda en la boca es más bien amargo,
un algo de desazón, quizá la nostalgia por todo lo que hemos dejado de tener al
tener lo elegido. Como dice Schwartz en una conferencia que ofreció para TED:
"salí de la tienda con el pantalón más cómodo que nunca tuve, adhería a mi
cuerpo como una segunda piel, pero luego de la larga exposición de las ventajas
y desventajas de cada tipo de jean, no me sentía feliz. Creo que la próxima vez
voy a pedir uno como los que había cuando había un solo tipo de jean.

Una debería ser inmensamente feliz después de nueve meses de embarazo al ver el rostro de su bebé, preferentemente nacido por parto natural y con el apoyo de psicoprofilaxis. O, por lo menos, sufrir lo que viene estoicamente.
No importa que las hormonas estén dando saltos
alocados y que el esquema corporal haya dado un vuelco en cuestión de horas; no
importa que haya que escuchar a padres, abuelos, primos, amigos y otros
visitantes haciendo observaciones superficiales, bienintencionadas,
contradictorias o estúpidas; no importa que uno se encuentre frente a una
realidad que se agita - salida de nuestras vísceras, cargada con nuestras
esperanzas y temores- aún extraña a nosotros, un extraño entraño, indefensa,
demandante, que exige, succiona y no da nada más que el potencial de una
ilusión.

“Hasta que la muerte los separe”, reza la consagración de un matrimonio. Algo que suena mejor es “para toda la vida”. Es el deseo de todos quienes llegan al altar, al menos de aquellos que lo hacen por su propia voluntad, vale decir, por amor. Pero, cuidado, Goethe dijo algo así como que “el amor es un asunto ideal y el matrimonio un asunto real; y la confusión de lo ideal con lo real nunca deja de ser castigado”
Hay pocas perspectivas que excitan tanto la imaginación de los seres humanos, en el sentido más hedonista de la palabra, como estar frente a un buffet: una larga mesa llena de la mayor variedad posible de manjares - entradas, platos principales y postres- a los que podemos regresar una y otra vez hasta reventar.

El miércoles 13 de este mes, en La Tarumba, se presentó los principales resultados del estudio Felicidad y Salud Emocional, promovida por Coca Cola en varias ciudades de América Latina. Comentamos Alfredo Torres, de Ipsos-Apoyo, quienes condujeron la investigación, Gustavo Rodríguez y el autor de este blog. Un resumen.
Nada grande se ha hecho sin ella. La razón, el cálculo, la brillantez, la creatividad, el tesón, son características que contribuyen a singularizar las personas y sus obras, pero cuando falta la chispa del compromiso amoroso con la tarea, es poco probable la grandeza.
Las bromas pesadas, esas
calculadas y planificadas circunstancias que nos ponen en un extremo del ridículo,
que permiten arrancar una carcajada explosiva de quienes nos han llevado de la
nariz o han visto como lo hacían otros, las que en inglés se conoce como
chistes prácticos, equivalentes cotidianos de la cámara escondida, versiones cómicas
y puntuales del acoso matonesco, la imagen en espejo de la fiesta sorpresa, o
lo que está exonerado de condena social en el día de los inocentes, podrían
tener algún valor en la economía de las relaciones interpersonales y la dinámica
colectiva, pero también en la percepción que tenemos de nosotros mismos.
Aparentemente, las bromas pesadas tienen el efecto de producir un baño de humildad interpersonal. ¡Hasta al mejor cazador se le escapa la paloma! Y no solamente humildad - es algo así como que también el rey tiene su bufón que puede burlarse de él-, sino que también obliga a un esfuerzo de reflexión, en el sentido literal de la palabra, una mirada sobre nuestro propio pensamiento, sobre nuestro propio estilo, sobre procesos tan naturales que no los miramos nunca y que la broma pesada nos obliga a recordar, para estar mejor preparados la próxima vez, una en la que, quizá, no sean los buenos con ganas de fastidiar, sino los malos con ganas de destruir, los que tengamos que enfrentar.
La idea de todo juicio es establecer la verdad sobre la base de procedimientos que aseguran una contrastación de testimonios, pruebas, acusaciones y defensas, de manera que se pueda decidir - en nuestros países los jueces y en los de tradición anglosajona los jurados- inocencia o culpabilidad. ¿Hay lugar, dentro de un sistema que no deja las cosas a lo divino, como en las ordalías, o a la arbitrariedad de las conveniencias del poderoso, sus favoritismos y venganzas, como en todas las dictaduras y las cleptocracias, para la subjetividad y el error? Claro que sí. Hay casos famosos y también las investigaciones sobre sesgos en los testimonios y su procesamiento por parte de jurados ofrecen resultados desconcertantes. Pero en el largo plazo, los sistemas judiciales independientes aseguran el menor grado de injusticia.

John Kao no es una persona
cualquiera. De hecho, la connotada revista inglesa The Economist lo llamó
Mister Creatividad y su historia personal no engaña: psiquiatra de formación,
invitado - como pianista- por el Legendario Frank Zappa para un verano de grabaciones
con el grupo The Mothers of Invention - mombre más que apropiado para un especialista
en innovación-, productor de películas, se dedicó, más bien, a enseñar en el
Harvard Business School y fue profesor visitante en el famoso Media Lab de MIT.
Actualmente tiene una empresa consultora, Kao & Compañía, centrada en el
tema de la creatividad organizacional en el nivel de empresas privadas y el
sector público.

Imaginemos que asistimos a un programa de concursos y el
conductor nos presenta tres puertas. Una de ellas nos da acceso a un hermoso
carro y las otras dos a... una cabra. Nos encomendamos a todos los santos y
elegimos, digamos, la del centro. Tenemos una posibilidad en tres de salir
sobre ruedas y dos sobre tres de tener leche y queso por un tiempo.
Pero el conductor introduce un pequeño cambio: abre una de
las otras dos puertas y resulta que aparece detrás de ella una cabra. Y nos
dice: "le doy la posibilidad, si usted lo quiere, de cambiar la puerta que
usted escogió inicialmente". Les pregunto a ustedes, queridos internautas: ¿vale
la pena cambiar? ¿es la mejor estrategia quedarse con la puerta elegida en
primera instancia? ¿da la mismo en la medida que en fin de cuentas hay 50% de
posibilidades de auto y de cabra?

