El Curioso Impertinente


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Una entrega de hace varios años sobre los chicos y las nuevas formas de entrar en contacto.


Hay quienes consideran que estamos entrando en una nueva edad media. Se debilitan los grandes focos de poder; el estado nacional pierde vigencia; las pertenencias se definen a partir de lo local y lo étnico; se extienden vastas zonas grises con reglas ajenas a la formalidad relativamente uniforme que había imperado, por lo menos en teoría, en todo el mundo; los rituales sociales que minimizan los riesgos de la convivencia entre los humanos dentro de los territorios de la familia y la ciudad ya no son tan eficaces. Nuestro país no escapa a esa tendencia. Por el contrario, su forzado y poco exitoso mestizaje, la tibieza de sus procesos de independización, su retórica integración, su carencia de liderazgo, sus inconfesados racismos y su negación de lo propio, se acomodan perfectamente a la "remedievalización".

En las últimas décadas, el Perú, un país lleno de menores, no ha tenido demasiados niños. Es que la niñez no es un dato de la biología, es una elaboración de la cultura; no es un fenómeno cronológico, sino un hecho socioeconómico. Aunque siempre han existido seres de 8 años, no siempre la sociedad los ha tratado de manera diferenciada, ha mostrado conciencia de que requieren condiciones particulares, o les ha brindado un espacio propio. En realidad, durante buena parte de la historia, la idea de que se necesita mucho tiempo para aprender a ser adulto no existió. Probablemente, ésta fue producto de la imprenta, de la centralidad de la lectoescritura; y del extrañamiento entre el ligar donde se vivía y aquel en el que se trabajaba, que produjo la revolución industrial. Ambos ingredientes se fueron combinando lentamente hasta marcar dentro del ciclo vital un periodo, de duración variable, en el que dependencia de la familia -- primero extensa y luego crecientemente nuclear--, y experiencia escolar, son atributos definitorios. 


A partir de la segunda mitad del siglo XX, la mencionada concepción -- un momento de la vida especial para aprender la adultez en un marco de dependencia-- se ha ido progresivamente debilitando. Si la imprenta fue de alguna manera la madre de la niñez, lo impreso su caldo de cultivo, y la lectoescritura la base de todas sus metáforas; la televisión podría haber sido la semilla de su nueva desaparición. Su Majestad la imagen, presente para todos al mismo tiempo, en su simplicidad y sincretismo democratizadores, dentro de un hogar sin jerarquías en cuanto al acceso a la información, ha ido anulando el espacio privativo de la niñez. Desde la pantalla chica -- hay que entenderla como metáfora--, conocimientos, modelos comportamentales, figuras de identificación, aspiraciones, deseos y temores, ya no vienen de los mayores, representados por padres (u otros familiares), y maestros. Pero la tele será vista muy pronto como un paréntesis, mero accidente y corta transición hacia la entronización de la pantalla en formas mucho más dinámicas: vídeojuegos, computadoras personales e Internet; e interfaces de control remoto, mouse, guantes, teclados y joystick. La digitalización de la información será la marca del futuro y el sapping el modelo de nuestra relación con el conocimiento. Todos seremos ecranas (de la máscara a la pantalla). Ecranchicos o ecrangrandes. 


Lima, 2020. Pitucolandia y Tahuantinsuyo[1] no son, estrictamente hablando, lugares. Son parte de la geografía mental que se estableció en la última década del siglo pasado. Los viejos todavía hablan de San Isidro o Comas. Los jóvenes -- ecranchicos o ecranscentes-- nacieron cuando los peruanos, cansados de imitar una nación, decidieron separarse según sus gustos, olores corporales, maneras de pasar las vacaciones, restaurantes a los que acudían y música que escuchaban. Durante algunos años tahuas y pitucos gozaron las indudables ventajas de su alejamiento. Inventaron símbolos propios, comenzaron a desarrollarse mejor por separado, y estuvieron a punto de creer que por fin se habían exorcizado mutuamente. En algún momento, sin embargo, empezaron a extrañarse. Casi sin querer al principio.


Contraviniendo algunas de las reglas de etiqueta del nuevo milenio, Lorena, de Pitucolandia, y Javier, de Tahuantinsuyo, ambos de 8 años, entran en contacto explorando los límites de sus comunicadores. El pequeño aparato -- que integra en una interfase parecida a una miniraqueta de ping-pong, las funciones de teléfono, control remoto, televisión, radio, beeper, computadora, fax, entre otros-- registra también los desplazamientos, encuentros verbales, transacciones económicas y todos los lugares virtuales a los que se accede para jugar y aprender. De esa manera, los proveedores -- compañías que brindan todos los servicios imaginables y descargan cada ingreso en una cuenta familiar que no coincide necesariamente con vínculos de sangre y, especialmente en Tahuantinsuyo, llega a abarcar toda una manzana-- pueden hacer publicidad individualizada. Y los directores -- especialistas en asegurar que los ecranchicos cumplan ciertos estándares-- señalan vacíos, proponen grupos de interés, sugieren visitas virtuales o reuniones materiales. La turbulencia permanente de la cultura y economía ha evitado una versión actualizada del escenario que imaginó Orwel para 1984. En realidad se ha llegado a un punto medio entre fragmentación total y control central. 


Pero en muchos lugares se logra engañar al comunicador y alterar el código personal que permite el famoso tracking permanente. En el hall de la manzana (se sale poco de los burgos virtuales) los ecranchicos complotan: algunos miman una actividad, mientras otros se tiran la pera y visitan reuniones no registradas. Comienzan a navegar furiosamente por algunos sitios donde las alucinaciones consensuales consisten en nuevos personajes: Vampiro, Calígula y Lulú son algunos de ellos. Los han tomado de museos, salas de exposición o de sus paseos, y comienzan a desarrollarlos a través de foros de animación. En esos trances, Lorena y Javier se encuentran. Partícipes de la curiosidad naciente entre tahuas y pitucos, de la añoranza por pertenencias más vastas que la soledad interconectada de la vida cotidiana, han intercambiado algunas ideas y sugerencias. No está prohibido hacerlo. Simplemente no está de moda. 


Lorena le menciona a su madre que ha recibido una nueva receta para hacer cebiche -- una de las marcas, como muchos sabores, que resistieron el distanciamiento de la división (alguien propuso un plato de cebiche para el escudo nacional-- de un tahua. La ecrangrande  -- viven 2 familias en una amplia mansión-- no le da mucha importancia al asunto, y sigue trabajando en su terminal. Algo semejante ocurre con el director de Javier, y con un par de ecrangrandes de su manzana. Ambos ecranchicos -- Javier y Lorena-- contribuyen a la cuenta familiar ya que han entrado como aprendices en sociedades proveedoras. Lorena combina colores para tintes de cabello y Javier prueba sonidos y canciones que se distribuyen entre los consumidores finales. Como muchos otros, no necesariamente ecranchicos, pasan de las recetas a preguntarse por otros aspectos de sus vidas. 


Javier nunca conoció a su padre y Lorena lo recuerda vagamente. Los varones han entrado de lleno en el negocio de la dirección de ecranchicos, pero se han alejado de manera decidida de la crianza. La cultura popular, caótica y turbulenta ha terminado por acercarse cada vez más a una naturaleza femenina y maternal. Los grupos familiares, basados en la sangre, pero también en la afinidad geográfica y los intereses en el trabajo/diversión, se constituyen en la célula de la sociedad. Se adaptan perfectamente al desorden extremo del Perú de fines de siglo pasado y a la separación de Pitucolandia y Tahuantinsuyo. Algunos proveedores abrieron prontamente divisiones de supervisión y capacitan a directores que hacen las veces de guías en los diferentes servicios de aprendizaje certificados por Indecopi, institución que se llegó a convertir en una oficina de regulación, asociada a sus contrapartes en el resto del mundo, y que con la Red Científica Peruana, es aceptada en todo el territorio como coordinadora de otros servicios de Internet. 


Los ecranchicos de 2020 son el producto de una cultura caótica de la cual emergen patrones y estabilidades locales en el espacio y en el tiempo. La gente ya no se asusta de la turbulencia permanente donde surgen iconos que se diseminan rápidamente o, con igual velocidad, se pierden en los márgenes de las conciencias colectivas. Casi al salir de la infancia -- la etapa que no depende del reloj social sino del biológico-- los pequeños se convierten en sujetos económicos, se asocian y participan en los circuitos de producción y consumo como tomadores de decisiones. Pueden impactar, generalmente a través de grupos -- los llaman reuniones-- con diferentes objetivos. Asimilan y generan conocimientos en una actividad que combina la diversión y el aprendizaje. Siguen modas, pero desde que el viejo control remoto para la tele comenzó a liberar a sus abuelos de la tutela de las grandes corporaciones, también las crean. Viven en un mundo de conceptos y procesos ingrávidos, vale decir, donde las jerarquías uniformes ya no tienen sentido: el conocimiento no viene de arriba y sus contornos pertenecen al terreno de las alucinaciones consensuales; un mundo en el cual el razonamiento lineal y la atención/concentración por tiempos largos han cedido el paso a una lógica hiperactiva y saltarina; un mundo donde las dicotomías han cedido el paso a formas totales; donde el mecanicismo de  causa/efecto ha perdido frente al animismo; un mundo donde la metáfora, en la que se basaron todos los procesos de creación de significados, se ha opacado frente a la recapitulación. 


Un mundo en el que la división del país en Pitucolandia y Tahuantinsuyo calzó perfectamente. Y en el que, ojalá, podría encontrarse el camino de la reconciliación. Javier y Lorena no están solos. Cada vez más ecranchicos de ambas filiaciones, forman conexiones multipropósito. En algunos casos, comienzan a desplazarse y encontrarse. Los lugares preferidos son los grandes patios de las antiguas escuelas (las que han resistido el paso del tiempo y los terremotos), que en el día sirven para reuniones de coordinación entre proveedores y directores, ferias volantes u otros eventos sociales. En la noche, acompañados de las sombras que proyectan vetustos arcos de fútbol o andamios para canastas de baloncesto, comienzan a crear los rituales de la reunificación.

 

 

 

 

[1][Los nombres, mejor dicho espacios, y el proyecto de escribir alguna vez una novela sobre los destinos de sus gentes, corresponden a Gustavo Gorriti.

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Esta página contiene una sola entrada realizada por Roberto Lerner y publicada el 25 de Marzo 2008 4:37 PM.

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