Pero si usamos esa silla como metáfora y la trasladamos al campo de nuestras convicciones más profundas, los más probable es que nos demos cuenta de que, en realidad, pasamos buena parte de nuestro tiempo sentados sobre estructuras que no son tan distintas del extraño objeto que tenemos al frente.
Claro, no podemos estar analizando cada grieta en las historias que nos contamos a nosotros mismos y a los demás, los "rollos" explicativos que dan sentido a nuestras acciones. Debemos asumir que son lo suficientemente consistentes, articulados, que no se van a desarmar así nomás bajo cualquier presión. A pesar de sus fracturas, a pesar de lo poco que se sustentan en hechos comprobados, en reflexiones críticas.
Es natural que buena parte del tiempo, nuestras teorías preferidas, nuestros sistemas conceptuales, los que guían nuestra vida, muchas veces sin saberlo o poderlo exponer, deban recibir el beneficio de una convicción en su solidez. Ninguna teoría, ni siquiera las más científicas, las producidas por las ciencias duras, hubiera podido producirse sin algo de fe, sin algunos prejuicios, sin alguna tolerancia por ciertas inconsistencias.
Pero, especialmente cuando se trata de nuestras religiones, posiciones políticas, la conducción de nuestras vidas sentimentales, aquello que tenemos más a flor de piel, congelamos nuestro escepticismo y nos dejamos caer en la silla, sin darnos cuenta de que no es tan distinta de la que origina este comentario.
De vez en cuando, no todo el tiempo- sería imposible vivir permanentemente cuestionando el lugar donde nos sentamos- hay que hacer el ejercicio y darnos una vueltecita por nuestros más queridos supuestos e ideales más afincados.


Escribir un comentario