Archivos Julio 2008

Las bromas pesadas, esas
calculadas y planificadas circunstancias que nos ponen en un extremo del ridículo,
que permiten arrancar una carcajada explosiva de quienes nos han llevado de la
nariz o han visto como lo hacían otros, las que en inglés se conoce como
chistes prácticos, equivalentes cotidianos de la cámara escondida, versiones cómicas
y puntuales del acoso matonesco, la imagen en espejo de la fiesta sorpresa, o
lo que está exonerado de condena social en el día de los inocentes, podrían
tener algún valor en la economía de las relaciones interpersonales y la dinámica
colectiva, pero también en la percepción que tenemos de nosotros mismos.
Aparentemente, las bromas pesadas tienen el efecto de producir un baño de humildad interpersonal. ¡Hasta al mejor cazador se le escapa la paloma! Y no solamente humildad - es algo así como que también el rey tiene su bufón que puede burlarse de él-, sino que también obliga a un esfuerzo de reflexión, en el sentido literal de la palabra, una mirada sobre nuestro propio pensamiento, sobre nuestro propio estilo, sobre procesos tan naturales que no los miramos nunca y que la broma pesada nos obliga a recordar, para estar mejor preparados la próxima vez, una en la que, quizá, no sean los buenos con ganas de fastidiar, sino los malos con ganas de destruir, los que tengamos que enfrentar.
La idea de todo juicio es establecer la verdad sobre la base de procedimientos que aseguran una contrastación de testimonios, pruebas, acusaciones y defensas, de manera que se pueda decidir - en nuestros países los jueces y en los de tradición anglosajona los jurados- inocencia o culpabilidad. ¿Hay lugar, dentro de un sistema que no deja las cosas a lo divino, como en las ordalías, o a la arbitrariedad de las conveniencias del poderoso, sus favoritismos y venganzas, como en todas las dictaduras y las cleptocracias, para la subjetividad y el error? Claro que sí. Hay casos famosos y también las investigaciones sobre sesgos en los testimonios y su procesamiento por parte de jurados ofrecen resultados desconcertantes. Pero en el largo plazo, los sistemas judiciales independientes aseguran el menor grado de injusticia.

John Kao no es una persona
cualquiera. De hecho, la connotada revista inglesa The Economist lo llamó
Mister Creatividad y su historia personal no engaña: psiquiatra de formación,
invitado - como pianista- por el Legendario Frank Zappa para un verano de grabaciones
con el grupo The Mothers of Invention - mombre más que apropiado para un especialista
en innovación-, productor de películas, se dedicó, más bien, a enseñar en el
Harvard Business School y fue profesor visitante en el famoso Media Lab de MIT.
Actualmente tiene una empresa consultora, Kao & Compañía, centrada en el
tema de la creatividad organizacional en el nivel de empresas privadas y el
sector público.
