El Curioso Impertinente

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La idea de todo juicio es establecer la verdad sobre la base de procedimientos que aseguran una contrastación de testimonios, pruebas, acusaciones y defensas, de manera que se pueda decidir - en nuestros países los jueces y en los de tradición anglosajona los jurados-  inocencia o culpabilidad.

¿Hay lugar, dentro de un sistema que no deja las cosas a lo divino, como en las ordalías, o a la arbitrariedad de las conveniencias del poderoso, sus favoritismos y venganzas, como en todas las dictaduras y las cleptocracias, para la subjetividad y el error? Claro que sí. Hay casos famosos y también las investigaciones sobre sesgos en los testimonios y su procesamiento por parte de jurados ofrecen resultados desconcertantes. Pero en el largo plazo, los sistemas judiciales independientes aseguran el menor grado de injusticia.


Pero además de la elusiva verdad - ¿recuerdan la película de Akira Kurosawa, Rashomon?-, están los cuentos que contamos a los demás, el fenómeno del autoengaño. Hay gente que hace cosas que todos condenan, que la persona misma condena en otros, pero acepta su conducta como transgresora y sus consecuencias. Pero los hay que no "ven" el daño ni la inmoralidad en sus comportamientos.

Varias investigaciones recientes muestran que el fenómeno es bastante más común de lo que se piensa.

Imaginen que recibo a una persona y le digo que él y otro que aún no llega deberán realizar cada uno una tarea distinta. Una toma una hora y es tediosa y la otra es corta y relativamente sencilla. Le ofrezco a mi invitado puntual definir quién hará qué, ya sea al azar - digamos cara o sello- o que él defina el asunto a su criterio antes del arribo de su ocasional compañero que no se enterará de nada. Alrededor de 60% de las personas "arreglan" el asunto a su conveniencia y no sienten haber actuado de manera injusta o reprehensible desde el punto de vista de la justicia o la moralidad. Ahora bien, si a un grupo de personas se les presenta la cosa como un escenario teórico, afirman que de todas maneras - una gran mayoría- optarían por el azar para repartir el trabajo, y consideran esa opción superior desde el punto de vista ético.

Y si divido a las personas en dos grupos de acuerdo con que les doy un brazalete azul o uno rojo y les pido que observen la decisión que toman con respecto de la situación mencionada sus "correligionarios" o los del otro "equipo", el juicio que les merece las conductas ajenas es bastante distinto de acuerdo a si los juzgado son de los "míos" o de los "otros". En otras palabras, como decía una figura política del pasado, "para mis amigos todo y para mis enemigos la ley".

La hipocresía moral, entonces, como se dice en un reporte reciente al que llegué gracias a la sección científica del New York Times, consiste en convencerse uno mismo de que está actuando correctamente, aun cuando lo que hace recibiría una condena por parte de la misma persona cuando es otro quien la realiza. Y, por añadidura, hay una tendencia a aplicar la ley del embudo según que se trate de personas cercanas, del mismo equipo, partido, familia, o contendores, enemigos u otros "extranjeros".

Pero hay un dato interesante. Si nuestro cerebro no está dedicado a tiempo completo a justificarnos para evitar la condena de la opinión pública y la de la justicia humana - la otra, dicen, ve directamente en el corazón de las personas-, la hipocresía tiene menos posibilidades de vencer la conciencia de haber actuado mal. La mayor parte de nosotros no tenemos tiempo para ejercicios de impunidad y terminamos por darnos cuenta cuando estamos actuando mal.

1 Commentarios

marcia

15.08.08

Excelente post.. los ejemplos son muy educativos.

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Sobre esta entrada

Esta página contiene una sola entrada realizada por Roberto Lerner y publicada el 6 de Julio 2008 9:31 AM.

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