Hay pocas perspectivas que excitan tanto la imaginación de los seres humanos, en el sentido más hedonista de la palabra, como estar frente a un buffet: una larga mesa llena de la mayor variedad posible de manjares - entradas, platos principales y postres- a los que podemos regresar una y otra vez hasta reventar.
Sin duda alguna, el escenario debe estar entre las ensoñaciones más frecuentemente asociadas con la idea misma del paraíso, antes, probablemente, que las decenas de vírgenes que prometen muchos de los edenes disponibles en las escatologías producidas hasta ahora.
Variedad y cantidad de comida es, para la mente humana, el mejor de todos los mundos, lo que no debe sorprendernos cuando pensamos que eran elementos ausentes de nuestra ingesta culinaria durante toda nuestro historia.
El buffet refuerza la idea de elección, vale decir, poder; y placer, indefinidos e ilimitados.
¿Por qué, entonces, los buffets son, más bien, un asunto de domingos o algunos restaurantes especializados? Como que convertirlos en un estándar, en cotidiano, no sale a cuenta.
Podemos pensar que a la gente le gusta ser atendida, y por más que la mesa gigantesca con el menú desplegado todo al mismo tiempo ante nuestros ojos, sea algo muy tentador, le quita algo de misterio al acto gastronómico, ese toque de prestidigitación que significa negociar con alguien que promete, explica, sugiere; la excitación de la espera; el ahora no está y súbitamente está, salido de un lugar donde se hace algo especialmente para nuestros deseos. Podemos equivocarnos, de hecho, desilusionarnos, debemos comprometernos con un plato y asumir las consecuencias o elevar nuestra queja, pero algo hay que contrapesa, aparentemente con fuerza, la atracción del buffet. Es la diferencia entre embarazo, parto y desarrollo, frente a que la cigüeña trajera a todos nuestros hijos, de una vez y ya de seis años.
Parece que la diferencia entre la carta y el buffet, tiene que ver con la manera en que nuestra mente procesa las experiencias placenteras.
Imaginemos que el lomo saltado es mi plato preferido y que hubiera, como lo propone Dan Gilbert, un psicólogo de Harvard, unidades de placer, digamos los gustones, de forma que el mencionado manjar me proporciona 40 gustones. Digamos que la sábana montada me produce 30 de esas unidades.
Cuando uno repite una experiencia placentera, sus efectos agradables disminuyen. Por lo general, el placer espontáneo de una quinta vez que escuchamos la misma melodía es menor que la primera, sobre todo si la repetición se da con intervalos cortos entre una y otra. En psicología se llama habituación, en economía disminución de retornos marginales y en lenguaje de legos... matrimonio.
Más allá de las bromas, si como lomo saltado muy seguido me conviene en algún momento pasarme a la sábana montada ya que ésta va a producir más gustones. Hasta se puede hacer un cómputo de cuándo se cruzan las dos líneas en función de los lapsos. Pero si no tengo manera de hacer la experiencia tan seguido, más vale no cambiar, ya que el segundo plato nunca me va a producir más placer que el primero.
En otras palabras, cuando sé que puedo escoger dentro de alternativas que se dan de manera simultánea, vale decir, el buffet, el cambio, la infidelidad gastronómica, la veleidad del deseo, es una buena opción. Pero, la verdad es que una situación así es excepcional, no se da muy seguido o la enfrentan algunos individuos privilegiados; y, cuando la cosa se va a dar de manera secuencial, que es como generalmente se nos ofrecen las gratificaciones a nuestros deseos, es mejor optar por una alternativa de manera estable, sostenida, digamos monogámica y dedicarse a escoger los lapsos que van a separar el consumo, renunciando a la variedad e incrementando la creatividad, para aumentar los gustones.
Cualquier parecido con la vida de pareja y otras facetas de la vida humana, incluyendo la política, es pura coincidencia.

21.08.08
Yo de ver suculento buffet termino por llenarme "antes de"