Entre PadresEspacio de Crianza

Mater.jpg

Una debería ser inmensamente feliz después de nueve meses de embarazo al ver el rostro de su bebé, preferentemente nacido por parto natural y con el apoyo de psicoprofilaxis. O, por lo menos, sufrir lo que viene estoicamente.

No importa que las hormonas estén dando saltos alocados y que el esquema corporal haya dado un vuelco en cuestión de horas; no importa que haya que escuchar a padres, abuelos, primos, amigos y otros visitantes haciendo observaciones superficiales, bienintencionadas, contradictorias o estúpidas; no importa que uno se encuentre frente a una realidad que se agita - salida de nuestras vísceras, cargada con nuestras esperanzas y temores- aún extraña a nosotros, un extraño entraño, indefensa, demandante, que exige, succiona y no da nada más que el potencial de una ilusión.



No importa que una se sienta prisionera en una cárcel de conductas, prescripciones, proscripciones, recomendaciones, mientras el resto llega para la foto, la sonrisa, la palmada que felicita, el sermón que calma, la apreciación que encomia, la sentencia que establece parecidos de nariz, ojos y mentón; y luego regresan a sus mundos, deliciosos mundos que una mira de reojo y algo de envidia.

Pero una debería ser absolutamente feliz o, por lo menos, aceptar la parte de infelicidad inevitable, como un precio delicioso, como una penitencia de santa; y estar dispuesta a absolutamente todos los compromisos que los maternólogos profesionales estipulan como las bases de un desarrollo infantil auspicioso y adecuado para las futuras crisis financieras y lucha por puestos de trabajo. No aceptarlos sería ofrecer un bisutería cuando una puede ofrecer una joya de verdad.

Sucede que los seres humanos no somos unidimensionales, por lo menos ya no lo somos. La maternidad es uno de los aspectos que definen la vida de una mujer, junto con el trabajo, entre otros; y la mujer tiene derechos que no se agotan en la crianza de los hijos.

Vivimos una época que pone un énfasis indebido, absurdo y exagerado en la madre como fuente de todo lo positivo o negativo en el desarrollo del niño, y a éste en un trono que opaca a todo el resto de actores de la vida familiar.

Dentro de un mundo con papeles y roles variados, todos respetables, las decisiones relacionadas con la crianza, incluyendo la lactancia, deben ser vistas en un contexto amplio que también tome en cuenta las necesidades de la madre, sus opciones y prioridades; y la ineludible participación de pareja, abuelos y otros miembros de la comunidad.

Es lo que escribí para una de mis columnas, vale decir, un conjunto de reflexiones acerca del impacto que tiene en las gestantes y madres primerizas, el bombardeo del que son objeto por parte de quienes ofrecen productos, pero también de profesionales y otros creadores de opinión, en el sentido de una idealización de la maternidad y lo que significa.

Hace mucho que no recibía tantos comentarios. Desde el aliento de mujeres que se sienten arrinconadas por un discurso extremista - todo pasa a un segundo lugar frente a la crianza- hasta los testimonios intensos de madres que encuentran en serlo la razón de sus vidas, y las críticas de profesionales que me han indicado que, independientemente de mis buenas intenciones, contribuyo a relativizar logros, como la importancia de la lactancia materna, que son incuestionables.

La maternidad humana es un fenómeno sobrecogedor, una suma de actos y sentimientos que, en la mayoría de los casos, producen un vínculo de gran solidez, único en la naturaleza por su proyección en el tiempo. Pero no es un hecho mágico, un evento puntual: es un proceso complejo que se rinde a las realidades de la biología, la evolución de la especie, pero también a las de la cultura, en su enorme plasticidad.

Por un lado, el éxito razonable -mejor no se puede- de la maternidad, radica en una alternancia de sentimientos y en la capacidad de integrarlos, incluyendo los más negativos, pero también en el reconocimiento de ritmos personales, opciones y prioridades. En el caso de las mujeres, un logro indiscutible de la civilización, es haber reconocido su derecho a realizarse en una variedad de campos y dimensiones de la experiencia.

Aunque en el espacio de lo público, del desempeño laboral, del ejercicio del poder político, están casi a la par de los varones, en el espacio de lo privado llevan una carga que no puede ser repartida, aun en el contexto de hogares igualitarios en los que los hombres contribuyen de manera importante.

Las mujeres tienen dos trabajos. Ambos demandantes. Cuando llega la hora de cerrar la oficina, ellas hacen un cambio de turno y comienzan un segundo trabajo. Los hombres tenemos un trabajo y un hobby. Hasta que no podamos quedar en cinta, no hay manera de cambiar esa realidad.

Es lo anterior que hace de la maternidad y las madres algo tan espectacular, y lo único que he querido hacer es decir que la manera en que combinan, alternan, priorizan, optan con respecto de esos dos trabajos, merece respeto, admiración y apoyo.

 

Escribir un comentario


Introduzca los caracteres que ve en la imagen de arriba.

Sobre esta entrada

Esta página contiene una sola entrada realizada por Roberto Lerner y publicada el 15 de Noviembre 2008 7:06 AM.

La paradoja del matrimonio es la entrada anterior en este blog.

La cultura de la opción es la entrada siguiente en este blog.

Encontrará los contenidos recientes en la página principal. Consulte los archivos para ver todos los contenidos.