
Alguna vez escribí sobre las desgracias de tener demasiadas opciones entre las cuales elegir. En ese momento, fue un comentario acerca del libro de Barry Schwartz, un psicólogo que ha investigado los impactos de la sobredosis de alternativas.
Decenas de salsas para ensaladas, centenas de
modelos de teléfono celular, miles de marcas de zapatos con variaciones
infinitas en cada una de ellas y una nueva colección haciendo su aparición cada
seis meses, o menos, para mencionar algunos de los rubros en los que nadamos en
un océano de posibilidades, yendo de una a otra, sopesando y sufriendo cada una
antes de escoger. Y muchas veces, con el resultado de nuestra interminable
búsqueda en nuestras manos, el sabor que queda en la boca es más bien amargo,
un algo de desazón, quizá la nostalgia por todo lo que hemos dejado de tener al
tener lo elegido. Como dice Schwartz en una conferencia que ofreció para TED:
"salí de la tienda con el pantalón más cómodo que nunca tuve, adhería a mi
cuerpo como una segunda piel, pero luego de la larga exposición de las ventajas
y desventajas de cada tipo de jean, no me sentía feliz. Creo que la próxima vez
voy a pedir uno como los que había cuando había un solo tipo de jean.
La libre competencia genera diversidad y opciones, por definición, no solamente en los productos, sino también en los servicios que recibimos. Digamos que cuando se trata de telefonía o gas, por mencionar alguno, los niveles de ansiedad ligados a la elección son bajos, por lo general, salvo casos abiertamente patológicos. La cosa cambia cuando ingresamos en campos más de mayor impacto personal o familiar, relacionados con el bienestar y el futuro de los individuos, las familias y los grupos a los que pertenecen.
Cuando lleganos a la salud física y mental, la cosa puede llegar a grandes cuotas de sufrimiento o por lo menos preocupación. ¿Qué ginecólogo escogemos para acompañar el embarazo, qué pediatra elegimos para seguir el desarrollo de nuestros hijos, en qué taller de habilidades emocionales inscribimos a Jaimito para que haga su camino con asertividad y empatía, en qué colegio va a recibir todo aquello que deberá servirle cuando esté frente a un cazador de talentos? O, ¿qué galeno va a curar nuestras enfermedades y qué pasa si nos ofrecen varias alternativas de tratamiento?
Pero, sobre todo, ¿cuál de todos los consejos, modas, propuestas, técnicas y métodos debemos seguir para estar más sanos, para no sufrir los estragos del envejecimiento, para ser más felices, para no causar traumas, para ser más prósperos, menos tóxicos, más eficaces como padres, esposos, ciudadanos y trabajadores?
Tomemos como ejemplo la salud.
Nunca ha habido tanta información disponible sobre la salud y sus alteraciones, sencillas o graves. Las secciones dedicadas al asunto son cada vez más importantes en todos los medios de comunicación y en el nivel escrito, radial y televisivo, existen algunos especializados a tiempo completo en el tema.
Nunca se ha sabido tanto en el nivel científico y nunca los datos han estado tan a la mano. Si nos dan un diagnóstico, podemos guglearlo, así como los medicamentos que nos recetan y podremos saber cuanto queramos y mucho más.
Pero como no somos especialistas, terminamos confundidos por toda la información, las advertencias, las recomendaciones, las ofertas de curas milagrosas, entre muchas otras cosas. Y cuando vamos a nuestro médico, en lugar de decirnos tajantemente que debemos hacer esto o lo otro, como se hacía antaño, imbuido por la cultura de la opción, nos dice que tenemos tales posibilidades y que nosotros debemos decidir, que tal camino lleva a tal meta con tanto por ciento de certeza y tal otro a una meta algo distinta con tal probabilidad. Y nosotros, dolientes y angustiados, no sabemos qué hacer y nos ahogamos atiborrados de opciones y conocimientos.


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