Aunque los primeros se convirtieron por un tiempo en héroes para los niños, la ciencia les encontró gracias y habilidades ocultas por mucho tiempo y la magia combinada de Crichton y Spielberg (Parque Jurásico) los hizo parte de distopias fascinantes, cosa que aún no ha ocurrido con las segundas, a nadie le gusta que lo llamen dinosaurio o cucaracha.
Dinosaurio tiene una connotación de pesado, viejo, reacio al cambio, amigo del status quo, aprovechador de las injusticias. Todo lo anterior quedó reforzado por el conocimiento de las circunstancias que llevaron a la extinción de su reinado absoluto sobre nuestro planeta. Hasta lo más sólido puede desplomarse como un castillo de naipes, hasta lo más grande o lo más veloz o lo más mortífero, puede quedar en offside cuando se trata de cambios bruscos e imprevisibles.
El maldito aerolito que se abalanzó sobre nuestro planeta hace sesenta millones de años e impactó en algún lugar cercano a México, más allá de sus devastadores efectos inmediatos, generó un mundo absolutamente hostil para quienes habían sido sus amos. Lo chiquito, lo pegado al suelo, los mamíferos que habían estado en las ligas menores, aprovecharon los nuevos nichos y los espacios libres dejados por los grandotes y fueron evolucionando hacia formas muy flexibles, hasta llegar a la cereza que coronó la torta, nosotros, el Homo Sapiens Sapiens.
Las metáforas para la economía abierta y libre, neoliberal, el intercambio permanente y globalizado, las condiciones en las que consumidores, internautas, productores, corporaciones, interactuamos a través de objetos e ideas, son imposibles de resistir. Si no asumimos el cambio como norma, si no oteamos permanentemente el horizonte para determinar cuándo caerá el próximo asteroide, nos pasará lo que a los dinosaurios.
Pero, cuidado, cuidado con la soberbia. Así como hoy sabemos que los dinosaurios eran más sociales, más inteligentes, más tiernos de lo que se pensaba, no hay que exagerar convirtiéndolos en el modelo de lo que no se debe ser. Fueron los más más por un lapso infinitamente más largo que nuestros modestos quince mil años de dominio - durante millones de años estuvimos a punto de desaparecer muchísimas veces-, para no hablar de los escasos trecientos años en que las cosas se pusieron bastante bien en términos de bienestar, salud, nivel de vida. Y, sí, pues, hay catástrofes totales.
¿Y las cucarachas? Cochinas, rastreras, productoras de reacciones de asco casi universales, usar la palabra que las denota para un ser humano es un insulto inaceptable. Pero si los dinosaurios desparecieron porque no cambiaron ante ciertas circunstancias trágicas, las cucarachas no desaparecieron a pesar de haber estado presentes mucho antes que nuestros gigantescos saurios - vale decir superaron otros Apocalipsis, hasta más devastadores que el que acabó con el T Rex- y siguen con nosotros, sin haber cambiado casi nada en el curso de la historia de la vida.
Si usamos el poder reproductivo y la cobertura geográfica como indicadores de éxito, pues las cucarachas son una competencia muy seria para los descendientes de Adán y Eva. Y podría apostar que no estuvieron en el Arca de Noé. No porque el patriarca se haya olvidado de ellas, sino porque ellas no necesitaban el pasaje para sobrevivir.
Entonces, hay algunas virtudes en ciertas estructuras sencillas, relativamente, que no cambian, que se mantienen iguales a sí mismas y que tienen muchas probabilidades de sobrevivir a cualquier reto, sobre todo a los que tienen proporciones catastróficas.
Bueno, sí, uno puede quedar como los dinosaurios si no cambia, pero la alternativa, nosotros cambiando todo el tiempo, sin detenernos nunca, no es necesariamente la mejor cuando de cataclismos se trata. Conocer mejor a las cucarachas y sus virtudes, su enorme resiliencia - sin por ello querer amanecer un día de estos como Gregorio Samsa- podría ser útil para comprender el desarrollo de la vida y las civilizaciones, la economía y sus crisis y, ¿por qué no? el éxito empresarial.

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