Hay una ecuación que grandes educadores han utilizado mucho en los últimos años. La traducción del inglés labeling is disabling sería algo así como: «etiquetar es deshabilitar o debilitar o hasta paralizar». Los adultos, en efecto, tenemos una especial predilección por poner nombres, etiquetas que resumen lo que pensamos de una persona, especialmente de los niños. Les decimos todo el tiempo que son tontos, inútiles, tromes, torpes y otras cosas más, no necesariamente negativas. Cuando estamos molestos, esas etiquetas se acompañan, además, con predicciones acerca del futuro: «tu vida va a ser un desastre», «no vas a encontrar trabajo», «vas a ser un don nadie», o hasta «vas a terminar en Lurigancho». Por si fuera poco, muchas veces sazonamos el sermón con algunas referencias al pasado y a personajes cercanos al chico: «igualito al inútil de tu tío» o «vas por el camino de tu padre y mira cómo terminó». Creo que muchos oyentes reconocerán en lo anterior -como se dice para una película- «casos de la vida real». En efecto son de la vida real y su impacto es verdaderamente negativo.
Muchas veces, las expectativas que expresamos con esas etiquetas, predicciones y comparaciones terminan por aprisionar a una persona, que las concretará en un fenómeno que se conoce con el término de profecía autocumplida. Un famoso experimento demuestra a qué me refiero. Se dividió una clase en dos grupos al azar. No había ningún criterio para la asignación de un chico a uno u otro. Se decidió que uno de los grupos iba a ser el de los «inteligentes» y se le comunicó a un nuevo profesor que los que pertenecían a ese grupo eran especialmente capaces, e incluso se le proporcionó un pequeño informe «fabricado» sobre las supuestas habilidades intelectuales de los jóvenes. Al final del curso fue muy claro que los que estaban en el mencionado grupo obtuvieron mejores calificaciones que los que no estaban en él, a pesar de que no había ninguna diferencia real entre ellos. La causa fue que el profesor, comportándose de manera distinta frente a los supuestos geniecillos -probablemente sin ser consciente de ello-, los alentó a intervenir más, los reforzó con más sonrisas y, sobre todo, esperó más de ellos. Es un ejemplo del poder de las etiquetas.
Por lo anterior, es mejor evitar las etiquetas, sobre todo las negativas, y especialmente en momentos que un chico, por haber hecho algo indebido o no como debe hacerse, se siente en el fondo desconcertado, asustado y necesitado de apoyo inteligente. Si un chico bota, por ejemplo, un trípode donde había una maqueta, antes que abrumarlo con todo tipo de etiquetas sobre que es volado y torpe, que tiene dos manos izquierdas, que así va por mal camino -todo lo cual lo avergüenza delante de otros y lo condena a un papel que por lo menos atrae la atención de los demás-, sería mejor decir algo como: «estos trípodes siempre están en el camino y es fácil hacerlos caer, ¿te puedo ayudar?». Pueden estar seguros de que el jovencito se va a sentir aliviado, pero también que va a tener más cuidado la próxima vez, ya que se le han dado alternativas y no encerrado en una etiqueta o predicción, o en la figura de algún personaje de su pasado.
Se supone que los seres humanos en general, y los niños en particular, funcionamos un poco sobre la base de lo que se llama refuerzos sociales. Un refuerzo es todo aquello que contribuye a que una conducta se repita, se haga más probable. Ahora bien, existen refuerzos sociales positivos y refuerzos sociales negativos. Los primeros hacen más probables las conductas que llevan a ellos, y los segundos hacen más probables las conductas que los evitan. Una sonrisa es un refuerzo social positivo, pues generalmente promueve comportamientos, y una mirada severa conduce a evitar todo aquello que la produce. Las felicitaciones y las críticas, en un nivel más elevado, son instrumentos que modelan la forma como nos conducimos en la sociedad, y son utilizados sistemáticamente para lograr efectos en nuestros semejantes. Los empleamos todo el tiempo con los niños, tanto en el hogar como en la escuela. Pero, cuidado con ellos: es importante saberlos manejar.
Cuántas veces sucede que Jaimito está tranquilo en el salón de clase o en el carro, y nosotros le decimos que es un angelito, que es adorable y otras apreciaciones más de ese tipo. Segundos después ocurre algo terrible: el chico rompe algo, le pega a alguien o hace justamente lo que no queremos que haga. ¿Qué pasó? Pues bien, ocurre que quizá Jaimito estaba tranquilo porque estaba maquinando alguna pequeña maldad, pensando cómo vengarse de su hermano o haciendo un enorme esfuerzo para estar tranquilo. Súbitamente recibió un peso demasiado grande. Ser un angelito no es fácil, sobre todo cuando uno sabe que no lo es. Eso, por el lado de los encomios. Por el de las críticas, cuando Susanita hace alguna travesura nos referimos a lo mala que es, a cuánto nos hace sufrir y hasta a veces le auguramos una estadía en la cárcel de mujeres, previo paso por el reformatorio.
Lo importante aquí es que en los dos casos los adultos hemos recurrido a adjetivaciones de la personalidad, del carácter del chico. Hemos hecho una apreciación global que lo aplasta con su peso positivo o con su peso negativo. Por eso, no es demasiado eficaz nombrar al «niño de la semana». Generalmente ese expediente se utiliza para motivar a que chicos muy movidos y difíciles se controlen. Muchas veces logran hacerlo y durante una semana son unos angelitos. Pero todo el precio que han pagado en energía emocional puede manifestarse cuando, a la siguiente semana, se convierten en torbellinos que nadie puede parar. Sucede que cuando los encomios se refieren a toda la persona, y aun cuando la califican positivamente, ponen un peso enorme en los menores que saben que no van a poder estar a la altura de una calificación que les concierne en su esencia.
Las críticas que se refieren a lo que el chico es, fue o será también lo devastan y le dejan pocas opciones. Por eso, es importante que los encomios y las críticas se refieran a lo que los niños hacen, a sus conductas; que las describan, que las cuestionen, que las aprueben. Repito, a lo que hacen, no a lo que son. Por ejemplo, si Jaimito bota el vaso y derrama la leche, es mejor decirle: «veo un vaso roto, es una pena, toma la esponja, limpia, y luego sírvete más leche». Jaimito no es aludido como persona, pero su conducta ha sido objetivamente descrita y se le da una alternativa creativa. Si Susanita carga una caja para ayudarnos, es mejor decirle: «esa caja pesa bastante, te agradezco el esfuerzo, juntos estamos terminando el trabajo».
Aunque no es fácil cambiar nuestra tendencia a emitir juicios, positivos o negativos, sobre lo que son las personas, vale la pena intentarlo y pasar a evaluar lo que hacen los que nos rodean. Eso permite, aunque parezca mentira, conocerlos mejor.


27.05.09
Sabía que no se debía emitir juicios negativos, sobre todo a los niños, pero siempre creí que hacerlo positivamente estaba bien, como un refuerzo a la acción positiva que realiza el niño o adolescente. En todo caso, si se dice que si damos refuerzos positivos y estos favorecen al niño, niña o adolescente elevando su autoestima, ¿porque debemos tener cuidado?, ¿cómo podemos saber cual es el límite?
04.06.09
Hola Roberto: encuentro muy interesante esta nota y he recordado que cuando era pequeña (incluso ya en mi etapa adolescente), recibía continuamente comentarios muy positivos de mi madre en cuanto a mi desempeño escolar, mi buena conducta y mi carácter amigable. Sin embargo, con el mismo énfasis, ella me indicaba lo poco apta que yo podía ser para el deporte (...cualquiera que sea) y la actividad física en general. Durante toda mi vida crecí reconociendo mi incapacidad y torpeza física, que se evidenciaban en mi pésimo desempeño en todas las actividades planteadas en Educación Física, e incluso con el tiempo se convirtió en tema de bromas familiares (divertidas y sin mala onda). Sin embargo, hace poco tiempo (ya adulta), me vi en la obligación de integrar un equipo de voleibol y noté con sorpresa que no era tan mala jugadora. Fue un descubrimiento para mí y me llevó a pensar que tal vez mi aproximación a las actividades físicas pudo haber sido diferente si no hubiera cargado con el peso sicológico de “no ser apta”, “no tener condiciones”, “ser negada para el deporte”. No me gusta hacer deporte y seguramente no me gustará nunca, pero tal vez mi actitud sería otra si no hubiera tenido que cargar con ese sambenito toda la vida. O tal vez no.
08.06.09
Necesito saber acerca de las mejores estrategias para problemas de aprendizaje en alumnos de quinto y sexto grado.
20.06.09
Yolanda: me temo que se trata de un pedido algo amplio. ¿Qué tipo de problema, para qué tipo de población? Le rogaría que precise un poco más su interés para poder ayudarla. Un saludo.
20.06.09
María Teresa: ¡gracias por tu contribución! Me parece valiente, útil, bien presentada y con sentido del humor. Además de profundamente instructiva. En efecto, las etiquetas pueden bloquear caminos y obliterar desarrollos. Nos creemos nuestras "incapacidades" y entonces no nos atrevemos a explorar avenidas que pudieran ser interesantes aunque no nos lleven a la excelencia, las medallas o los triunfos. ¡De nuevo, muchas gracias por tu aporte!
20.06.09
Luisa: no, tampoco tampoco, no se trata de estar pensado cien veces antes de decir cosas a nuestros hijos. Hay que dejar que el sentido común y los instintos hablen. Las etiquetas, son las etiquetas las que hay que dosificar. Hay que comentar las acciones de nuestros hijos, antes que hacer juicios globales sobre ellos en su totalidad. Por otro lado, tampoco se trata de estar siempre reforzando, existe lo que se llama motivación intrínseca, hacer las cosas porque es rico hacerlas bien. Un saludo.
19.07.09
Me pareció muy interesante el tema. Siendo estudiante de Educación Primaria nos decían que es muy importante la motivación para favorecer el aprendizaje de los alumnos. Pero realmente habría que preguntarse ¿cómo es esa motivación? porque se suele tener errores involuntarios como los que he leido en los casos anteriores y que luego el resultado es totalmente contraproducente. Me gustaría conocer detalladamente acerca de este tema para poder aplicarlo. Gracias.
21.08.09
El hubiera no existe. Es bueno saber qué es lo que no debemos hacer desde hoy hacia adelante. Lo que hicieron nuestros padres y lo que hicimos nosotros con lo que recibimos de nuestros padres es asunto pasado. Cuando uno es adulto debe hacerse cargo de lo que es y de lo que no es. Creo, humildemente, que la vocación es lo que salva a las personas, y que muchos no han tenido fuertes vocaciones. Eso no es responsabilidad de nadie: siempre se está a tiempo de encontrar algo que nos guste e intentar hacerlo lo mejor posible. Sin vocación y sin voluntad todo queda en manos de la fortuna.
26.08.09
M: bueno, es un punto de vista algo tajante, pero muy bien expuesto e interesante. No podemos negar, en mi opinión, el peso de nuestros genes, así como tampoco podemos desconocer que la matriz en la que nos criamos, nuestras familias, el estilo de nuestros padres, la cultura que nos cobijó, tienen un cierto papel en las cosas que hacemos. Pero, de todas, formas, no podemos vivir echándole la culpa a todo eso de lo que hacemos o dejamos de hacer. Podemos cambiar, podemos reinventarnos, sí, es cierto. Un saludo.
27.08.09
Milagros: sí, muchas veces escogemos motivar de maneras que terminan siendo contraproducentes. Por ejemplo, tendemos a centrarnos, para criticar o premiar, en la persona, cuando mucho mejor es centrarse en lo que los individuos hacen (antes que en lo que son). En segundo lugar, la motivación que viene de fuera, vale decir, extrínseca, funciona cuando se trata de tareas muy bien definidas, que no requieren creatividad. Cuando se trata de emprendimientos abiertos, en los que las preguntas son más importantes que las respuestas, lo que más ayuda es la motivación intrínseca. Un saludo.
17.09.09
Trataré de cambiar las palabras que constantemente se usa en lo negativo y positivo. Me agradó la lectura y espero conseguir más información de cómo tratar a los niños.
14.10.09
Carlos: gracias por su apoyo y seguiremos en esta tarea porque existen personas como usted que tratan de cambiar a partir de la información.