Entre PadresEspacio de Crianza

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A los seres humanos nos encantan las etiquetas, los títulos, todo aquello que se puede "colgar" sobre una persona: nombres que nos permiten saber qué esperar, qué temer, qué buscar, casi como las señales taquigráficas que facilitan englobar significados en símbolos convenientes. Este es tacaño, aquel es valiente, fulano es miedoso, mengano es ocioso, perencejo es brillante y el de más allá un inútil. Y una vez que el mote se pega, como un virus o una sustancia viscosa, no es fácil retirarlo y se mete entre nosotros y el otro, impidiendo ver otras cosas, explorar más allá del prejuicio, aprovechar la espontaneidad, enriquecerse con la compleja realidad de las conductas y los mundos internos.


Así es más cómodo, sin duda y para efectos de un intercambio episódico y eventual, probablemente es un compromiso derivado de la manera en que funciona nuestra mente. Tampoco se trata de intimar con todos los que se cruzan en nuestro camino y en esos casos, muchos si pensamos en la vida cotidiana en una ciudad integrada por individuos anónimos, sale más a cuenta funcionar con categorías sencillas.

Pero ¿qué hay de las relaciones estables, de los vínculos cercanos, de los personajes con los que interactuamos en el mediano y largo plazo?

"Eres un tal por cual", "siempre tú", "cómo no, el caballero con dos manos izquierdas", "siempre tan considerado", "el alma de la fiesta", "el profesor distraído", "no seas baboso", en fin, para mencionar los epítetos menos puntiagudos. Todos podemos sacar la cuenta de la cantidad de veces que pensamos y hablamos, de y a, nuestros seres queridos en términos parecidos, con más o menos condimentos verbales.

Claro, nuestro cerebro sistematiza y no puede siempre estar matizando. De acuerdo. Pero, en las ocasiones en las que tratamos de lograr un cambio en otra persona, por ejemplo un niño, cuando nuestro objetivo es educacional, de formación, ¿qué impacto tienen las etiquetas?

Para comenzar, encierran. Pero lo hacen de una manera dolorosa, ya que, más allá de lo que muchas veces suena como un insulto y provoca una actitud defensiva u ofensiva, tiene que ver con el ser más que con el hacer. "Eres tal cosa", no deja muchas alternativas y donde no las hay no se puede pensar en educación o crianza. Educar y criar es proponer alternativas, añadir opciones, estirar libertades. Y la etiqueta que apunta al ser, a la esencia - bruto, torpe, inútil-, no a manera en que hacemos las cosas.

"¿No sería mejor hacerlo así la próxima vez? Ven te muestro." "Quiero que la ropa esté en esa canasta a tal hora, la que está en el suelo se pone en tal otro lugar, pero no se lava", algunos ejemplos sencillos de cómo ponerse de acuerdo sobre conductas y no rasgos, sobre metas y no luchas de poder o batallas acerca de palabras que suenan lindo - responsabilidad, consideración, orden-, pero que conducen inevitablemente a una confrontación que deja atrás lo que queríamos lograr.

6 Commentarios

Patricia

30.12.09

¡Muy bueno! Pareciera que es una muletilla el poner constantemente etiquetas a nuestros hijos. Hablo de ellos en primera instancia porque queremos que sean los mejores, los más ordenados, los más obedientes, los más disciplinados, y cuando no lo son, buscamos reconfortar nuestro egoísmo y sentirnos un poco mejor poniendo etiquetas o marcándolos.

Celia

01.01.10

Tiene mucha razón. Salen adjetivos de todo tipo en las discusiones de pareja, familia y en el centro de trabajo, aún más tratándose de educadores que llegan hasta las agresiones físicas. Su comentario realmente es bastante reflexivo.

Ernestina Zárate Poma

02.01.10

Felicitaciones por su Blog. Aprovecho la oportunidad para pedirle por favor publique qué estrategias se pueden tomar en las aulas, cuando entre compañeros de clase se llaman por apodos o palabras soeces y vulgares cuyo uso, para ellos, es normal, pero para los que pasamos la base 4 nos resulta bochornoso y chocante. Lamentablemente la juventud de hoy se comunica con groserías y se ríen y disfrutan y sienten placer al hacerlo. No respetan a los que los están escuchando. Le pediría crear un espacio en su blog para saber cómo actuar en estos casos con adolescentes en secundaria. Además, ahora también las mujeres se expresan igual o peor que sus compañeros varones

Roberto Lerner Author Profile Page

12.01.10

Ernestina: plantea usted un asunto complejo, no solamente de formas y buenas maneras, sino que atañe al meollo de las relaciones entre las generaciones, sobre todo hoy. Mire, las generaciones mayores siempre se han quejado de las que vienen después: la manera de tener el pelo - largo o corto-, la manera de adornarse, de bailar y, claro, también de hablar. El asunto es si los mayores, padres o profesores, somos capaces de comunicarnos con pasión y asertividad con los menores, sin mostrar miedo de su cultura, dejando en claro cuáles son los límites y sin evidenciar complejos. Creo que cuando es así, pues, las cosas funcionan razonablemente bien. Uno puede dejar en claro qué acepta y qué no, no porque uno es mayor, no porque está mal lo que ellos hacen, sino porque uno es el que establece los linderos de la cancha, mejor con ellos, pero que lo puede hacer también sin ellos. Yo enseño a adolescentes, de tercero y cuarto de secundaria, y el primer día de clase convenimos en los lineamientos generales de lo que podría llamarse un código de conducta. Funciona. Gracias por su aliento.

Roberto Lerner Author Profile Page

12.01.10

Patricia: gracias por el aliento. Difícilmente lo podría formular mejor de lo que usted ha hecho en su breve y certero texto. Adjetivar siempre es fácil, pero, a la postre, poco eficaz.

Roberto Lerner Author Profile Page

12.01.10

Celia: gracias por sus comentarios. Como le escribí a Patricia, siempre es más fácil etiquetar y adjetivar y mucho más complejo conocer a las personas, que es lo que deberíamos, sobre todo si somos educadores, hacer.

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Sobre esta entrada

Esta página contiene una sola entrada realizada por Roberto Lerner y publicada el 22 de Diciembre 2009 8:18 AM.

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