
Quién no recuerda aquellos momentos en que, muertos de vergüenza, rabia y miedo, o invadidos por otros sentimientos de ese tipo, juramos que nosotros, cuando fuéramos padres, nunca haríamos pasar a nuestros retoños, en ese momento potenciales, por esos mismos trances. Es una promesa que nadie puede negar haber hecho una y otra vez, en la impotencia que muchas veces hacen sentir los adultos a los chicos. De eso, es posible que nuestros padres no se hayan dado cuenta, o que incluso hayan pensado que sus actos contribuían de manera importante a nuestra formación y salud mental; a formar, como se dice, hombres y mujeres de provecho. ¡Si hubieran sabido lo que en ese momento estábamos sintiendo!
Lo interesante es que años después, cuando nosotros nos debemos encargar de criar un niño y con la misma inocencia aparente de nuestros padres, caemos en conductas similares a las que ellos tuvieron con respecto de nosotros, y generamos sentimientos parecidos a los que experimentamos antaño. Como me dijo una participante en un taller sobre disciplina, «a veces se me sale mi mamá». ¿Qué pasó entre esas iniciales intenciones o promesas formuladas cuando hijos y lo que ocurre cuando debemos hacer de padres? Es una pregunta difícil, quizá de las más complejas que se puedan hacer al respecto de nuestra esencia humana. Resolverla sería comparable a lo que hicieron quienes resolvieron el código genético, pero en este caso estamos hablando sobre la transmisión de la tradición y la cultura, de la individualidad psicológica y el misterio de la identificación.
Pero ocurre que hay un sistema de postas. Cuando pequeños, al mismo tiempo que resentimos los límites que nos impone el estilo de cada pareja de padres y otros adultos, los necesitamos para sobrevivir física y afectivamente. Al mismo tiempo que sufrimos sus caprichos, interiorizamos sus alimentos, tanto materiales como espirituales, pero también un modelo de crianza y una forma de ser padres. Son cosas que cuando definamos nuestra identidad vamos a cuestionar; y más adelante, al conformar una pareja, traeremos nuestros propios proyectos de paternidad.
Pero cuando se tiene un hijo, hay una parte nuestra que se identifica con él y otra que lo hace con nuestros padres. Es en ese momento que se trasladan muchos sentimientos y puede haber muchas confusiones. Es ahí cuando de alguna manera reivindicamos parcialmente a los que nos criaron, saldamos algunas cuentas con ellos, cobramos algunos intereses y nos reconciliamos. Eso ayuda a ser padres, pero tiene un precio: algunos de los sentimientos que tanto nos hicieron sufrir como chicos se repetirán en nuestros hijos. Como dijo la señora, se nos sale la mamá o el papá. Da miedo, pero así es, y en el proceso transmitimos una cultura con sus pros y sus contras.

11.03.10
Creo que la clave de esta columna es esta cita: "cuando se tiene un hijo, hay una parte nuestra que se identifica con él y otra que lo hace con nuestros padres". ¡Me ha iluminado! Es totalmente cierto; por lo menos, en mi caso. Y explica tantos sentimientos encontrados, tantas contradicciones. A mí me pasa lo que yo tanto temía. A mí no se me sale mi mamá (con quien siempre tuve una buena relación, excepto durante mi atormentada adolescencia), sino que a mí se me sale mi papá, a quien siempre critiqué por autoritario e intolerante. En momentos de crisis (que pueden ser bastante "banales" puesto que para mí un momento de crisis puede ser que se esté quemando el pollo, esté sonando el teléfono, tenga ganas de ir al baño y mi hija, mientras tanto, me pida a gritos que le pase urgentemente su peluche porque ella está sin zapatos en el sofá), se me sale mi papá. Levanto la voz y mi hijita se siente mal. ¡Y luego me arrepiento tanto! Pero, bueno, el conocimiento es un paso hacia la sanación. Quiero pensar que voy a mejorar como mamá y, llegando a Lima, ¡terapia para mí!
11.03.10
Patricia: escribe usted muy bien y comunica mejor. Además, es capaz de burlarse de sí misma, lo que hace improbable que requiera terapia. Sí, sí, las crisis son, casi siempre, por cuestiones "triviales". Aún no he visto una por divergencias filosóficas, ¿no? Agradezco su contribución. Un saludo.
10.04.10
Leer el artículo !No como mi mamá! me hace reflexionar como hija, agradeciendo la educación, con errores y aciertos, que me dieron mis padres. Hoy, como mamá, recuerdo el rechazo de mis hijos a alguna prohibición, orden, actitudes y sermones que acostumbramos dar las madres o padres porque queremos protegerlos o, entre comillas, darles una buena educación. Y ellos, como jóvenes, piensan "qué injustos o malos padres somos, que ellos jamás actuarán con sus hijos de esa manera". Los sentimientos de culpa se van disipando y me van preparando para asumir mi rol de abuela si Dios me da esa dicha, para ser el hombro donde mis hijos lloren su dolor de sentirse culpables como lo hice yo. Entre padres e hijos transmitimos una cultura con sus pros y sus contras y debemos estar preparados.
11.04.10
Mercedes: sí, es una cadena y la manera en que enlaza las generaciones, las acerca y las aleja, es uno de los grandes misterios de la cultura humana. Hay un dicho: ¿quieres que te diga qué tal padre fuiste? No me traigas a tu hijo, tráeme a tu nieto. Va en el sentido de lo que usted, tan certeramente, expresó en su aporte. Un saludo.
10.06.10
Es díficil romper los patrones de crianza. Por más que me he propuesto no ser igual que mi mamá, se me sale ella. Y como si fuera poco, toda esa incomprensión, esa soledad que yo sentía, me acompaña hasta hoy. Tengo 2 hijas de 12 y 9 años, que tienen una carga genética más parecida a la mía que a la de mi esposo, entonces ahí también se produce el conflicto de las comparaciones, el estereotiparlos y no encontrar aún el horizonte de cómo debemos manejar nuestras emociones y no afectarlos a ellos. Me abruma el nivel de indiferencia de mi hijo y me veo como mi mamá, veo su tozudez y veo mi reflejo. Es como vivir en un túnel del tiempo al que hay que hacerlo girar en sentido contrario.
08.07.10
Karla: ¿ha pensado que usted recibió más de su madre de lo que le parece en este momento? Lo cual no quiere decir que ella no metió la para muchas veces y que no fue injusta con usted muchas veces. Solamente si logra tener eso claro, va a poder sentir que usted le está dando a sus hijas mucho más de lo que en este momento cree. Es el verdadero túnel del tiempo. Un saludo.