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Es irónico. Todos los seres humanos vivos actualmente descendemos de un pequeño grupo que vivió hace alrededor de 100,000 años en África y se fue desparramando por el mundo, colonizando todos los rincones de la tierra. En otras palabras, los más probable es que nadie pueda decir que sus raíces no se hayan movido de un lado a otro. Somos migrantes por naturaleza. Pero, al mismo tiempo, las mudanzas nos angustian y representan un cuestionamiento de todo aquello que valoramos y nos brinda tranquilidad.

En efecto, salir de nuestro contexto habitual, con sus sabores, colores, redes sociales, sonidos, lenguaje y paisajes, es, al mismo tiempo excitante y un reto para nuestra mente. Y si bien es cierto que quien toma la decisión de trasladarse de país, especialmente por razones de trabajo, tiene la ventaja de ser el actor principal del cambio, quienes lo acompañan y son migrantes por obligación - la esposa, vamos, para no ser machistas, la pareja, y los hijos, enfrentan el hecho de sufrir las consecuencias de una decisión ajena.

En época de mundial, llena de expectativas, ilusiones y duchazos fríos, no podíamos dejar de reflexionar sobre lo que significa esa manera de provocar el cuerpo, estirar sus capacidades y compararlas con los de nuestros semejantes, ya sea uno por uno o según las pertenencias a clubes o naciones.

Los deportes son un medio ideal para afirmar el cuerpo, consolidar la imagen corporal, integrarse en equipos, aprender las virtudes de la disciplina bien entendida y las reglas de la competencia leal. De hecho, una experiencia deportiva intensa y sostenida durante la niñez y la adolescencia puede ser un elemento formativo verdaderamente positivo e importante para la educación integral de una persona.

Sí, Internet y lo que significa están cambiando todo. Como lo vimos en la entrada anterior, nuestras relaciones interpersonales, incluyendo las más íntimas. Pero, ¿qué ocurre con nuestra manera de pensar, aprehender, razonar y comprender?

Los que este año cumplen 50 deben haber pasado alrededor de un 10% de sus vidas frente a la pantalla chica, ¡Cinco años y medio, 50,000 horas! Un tiempo de observación pasiva, consumiendo lo que otros, unos pocos, decidían para nosotros los televidentes. ¿Seríamos distintos si, en lugar de procesar series hechas para el mínimo común denominador, hubiéramos navegado, blogueado, chateado,  twiteado, wikiado, producido contenidos, aprendido colaborativamente? ¿Lo serán nuestros hijos y nietos luego de ese número de horas o más Messenger, Facebook, Second Life, Counterstrike, maestrías a distancia e instrumentos que aseguran la conectividad 24/7?

Muchos consideran que todo ese tiempo, que podría estar alrededor de un trillón de horas para una parte de la población, es un recurso que está produciendo riqueza, una riqueza entrelazada y ubicua que trasciende fronteras y edades, inclusiva y multicultural. No es que la TV haya quedado atrás. La proliferación de canales le da un cariz algo más diverso y permite una mucho mayor elección, pero no cambia su naturaleza. De todas formas solamente en los Estados Unidos se ve 200 billones de horas. Una cifra que hace palidecer el tiempo que, sobre todo los jóvenes, pasan en las nuevas redes sociales. Pero las cosas van a cambiar de manera importante y, como todo lo que ocurre últimamente, de manera exponencial.

Pero, ¿están las nuevas actividades virtuales, cambiando las habilidades cognoscitivas de las personas? Todo indica que sí y también que el impacto tiene de bueno y de malo.

Los peligros del "wired love" es el título del libro que tengo frente a mí. Pero, no, no se trata de Skipe o Messenger, ni tampoco de Facebook. Es un texto que hace recomendaciones para evitar las trampas románticas del... telégrafo. Sí, estamos hablando de amores en código Morse. Porque el amor y el sexo siempre han arrastrado a y se han colgado de la tecnología. ¡Los esposos se opusieron rabiosamente al teléfono ya que aumentaba peligrosamente la autonomía de sus parejas! No se podía dejar entrar en casa una vocecita eventualmente extraña ni dejar de controlar las relaciones de las mujeres, criaturas del espacio privado por excelencia.

¿Saben ustedes que una pareja casada en 8 se conocieron en línea? 

Puestos ante la alternativa, nuestra sociedad, según el canón que predomina en las últimas dos décadas en casi todo el mundo, por lo menos de dientes para fuera, la respuesta va a ser rotunda: lo segundo, los queremos creativos.

Imitar tiene mala prensa, es casi una grosería. Los imitadores están asociados con escasa creatividad, flojera, ausencia de motivación, conformismo, cuando no, como ocurre con el plagio y las transgresiones a los derechos de autor, deshonestidad.


¡Abajo los copiones!

Nadie recuerda las comunas anarquistas del siglo XIX, quizá algunos sepan que la revolución soviética o las granjas colectivas israelíes lo intentaron y, seguramente, sí tenemos las referencias del hippismo sesentero: trataron de acabar con la institución del matrimonio o, por lo menos, las formas tradicionales de criar hijos.


Volver a un comunitarismo idílico, supuestamente originario, corrompido por la vil civilización - equivalente de ancestros ecológicos y verdes con respecto del medio ambiente-, o construir un nuevo orden libre de las cadenas monogámicas del capitalismo y la normatividad burguesa.


Pero nada que ver. El macho y la hembra de la especie humana siempre buscaron hacer una alianza estable ligada a la biparentalidad que nos caracteriza frente al resto del mundo animal. Y dadas las circunstancias de embarazos largos, partos azarosos e inmadurez prolongada de las crías, además de expectativas de vida cortísimas, el emparejamiento estable era una solución razonable.

Hace un tiempo hubo una fuerte polémica acerca de las guías de educación sexual que fueron propuestas inicialmente y que han sido corregidas luego. La parte que levantó más discusión y despertó más comentarios fue la que mencionaba familias diferentes a lo que consideramos la célula básica de la sociedad: papá y mamá unidos por un vínculo estable e hijos. En otras palabras se ponía a esa familia como un tipo dentro del universo posible de familias. Las incompletas por separación, las formadas por personas del mismo género y otras variantes cuyo límite es sólo la imaginación.


En la práctica cotidiana de la psicoterapia de niños y adolescentes, uno se encuentra frecuentemente con quejas de padres que se sienten irritados, amenazados o molestos por algún aspecto del carácter de sus hijos. Puede ser la agresividad o la excesiva timidez, el desorden o la falta de iniciativa, la intolerancia frente a la frustración o una gran pasividad. Esos padres tratan por todos los medios de contrariar los rasgos que los exasperan, ya sea apelando a la razón, al afecto, al castigo o a reacciones más o menos descontroladas. Alrededor de esos puntos se generan verdaderos callejones sin salida, en los cuales personas en otros aspectos razonables, que resuelven conflictos de manera alturada en sus trabajos, y funcionan con ecuanimidad en otros contextos, pierden los papeles y hacen cosas poco inteligentes. ¿A qué se debe?

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No se trata de un asunto criminal. Es la forma en que una mamá me dijo una vez que estaba criando a su hijo. Así, con premeditación, ventaja y alevosía. Lo que me quería decir era que tenía muy claro lo que quería y lo que no para su vástago y que sin dudas hacía todo en la vida cotidiana, en lo solemne y lo secundario, con su agenda presente. En este caso que el pequeño tuviera una personalidad muy definida, que supiera que había nacido en una selva, en un mar, para utilizar su propia expresión, picado y con tiburones. Podríamos pensar en otros principios e ideologías como -esto ocurrió, obviamente, hace muchos años- aquel padre de ideas izquierdistas que quería eliminar de la vida de su hijo el concepto de propiedad privada y no le permitía tener juguetes.

Quién no recuerda aquellos momentos en que, muertos de vergüenza, rabia y miedo, o invadidos por otros sentimientos de ese tipo, juramos que nosotros, cuando fuéramos padres, nunca haríamos pasar a nuestros retoños, en ese momento potenciales, por esos mismos trances. Es una promesa que nadie puede negar haber hecho una y otra vez, en la impotencia que muchas veces hacen sentir los adultos a los chicos. De eso, es posible que nuestros padres no se hayan dado cuenta, o que incluso hayan pensado que sus actos contribuían de manera importante a nuestra formación y salud mental; a formar, como se dice, hombres y mujeres de provecho. ¡Si hubieran sabido lo que en ese momento estábamos sintiendo!

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