Archivos Roberto Lerner: Noviembre 2008

El lenguaje no puede dejar de fascinar a los seres humanos. ¿Cómo podemos dar un sentido a esas concatenaciones de sonidos arbitrarios y entender a qué se refieren, sin mayor esfuerzo, sin siquiera tener que pasar por una educación formal? Casi nunca nos encontramos con una oración que hayamos escuchado antes, tal cual, menos todavía una serie de ellas. Pero las entendemos, las reconocemos como expresiones producidas por un hablante que habla el mismo lenguaje que nosotros.
¿Cómo es posible que en alrededor de cinco años
seamos capaces de aprender lo esencial de nuestro idioma y también nosotros,
los que estamos en la cola de los desempeños escolares a la hora de entender lo
que leemos, podemos descifrar la absolutamente estúpida e ilógica expresión:
"¡Qué dulce eres!"? De hecho, pasan muchos años si queremos comprender el
lenguaje de las matemáticas, si lo comprendemos más allá de sus conceptos
básicos, pero no tenemos mayor problema en dominar una estructura, como la
lingüística, que desafía, por ahora, las matemáticas más sofisticadas.

Alguna vez escribí sobre las desgracias de tener demasiadas opciones entre las cuales elegir. En ese momento, fue un comentario acerca del libro de Barry Schwartz, un psicólogo que ha investigado los impactos de la sobredosis de alternativas.
Decenas de salsas para ensaladas, centenas de
modelos de teléfono celular, miles de marcas de zapatos con variaciones
infinitas en cada una de ellas y una nueva colección haciendo su aparición cada
seis meses, o menos, para mencionar algunos de los rubros en los que nadamos en
un océano de posibilidades, yendo de una a otra, sopesando y sufriendo cada una
antes de escoger. Y muchas veces, con el resultado de nuestra interminable
búsqueda en nuestras manos, el sabor que queda en la boca es más bien amargo,
un algo de desazón, quizá la nostalgia por todo lo que hemos dejado de tener al
tener lo elegido. Como dice Schwartz en una conferencia que ofreció para TED:
"salí de la tienda con el pantalón más cómodo que nunca tuve, adhería a mi
cuerpo como una segunda piel, pero luego de la larga exposición de las ventajas
y desventajas de cada tipo de jean, no me sentía feliz. Creo que la próxima vez
voy a pedir uno como los que había cuando había un solo tipo de jean.

Una debería ser inmensamente feliz después de nueve meses de embarazo al ver el rostro de su bebé, preferentemente nacido por parto natural y con el apoyo de psicoprofilaxis. O, por lo menos, sufrir lo que viene estoicamente.
No importa que las hormonas estén dando saltos
alocados y que el esquema corporal haya dado un vuelco en cuestión de horas; no
importa que haya que escuchar a padres, abuelos, primos, amigos y otros
visitantes haciendo observaciones superficiales, bienintencionadas,
contradictorias o estúpidas; no importa que uno se encuentre frente a una
realidad que se agita - salida de nuestras vísceras, cargada con nuestras
esperanzas y temores- aún extraña a nosotros, un extraño entraño, indefensa,
demandante, que exige, succiona y no da nada más que el potencial de una
ilusión.
