Archivos Roberto Lerner: Diciembre 2009

A los seres humanos nos encantan las etiquetas, los títulos, todo aquello que se puede "colgar" sobre una persona: nombres que nos permiten saber qué esperar, qué temer, qué buscar, casi como las señales taquigráficas que facilitan englobar significados en símbolos convenientes. Este es tacaño, aquel es valiente, fulano es miedoso, mengano es ocioso, perencejo es brillante y el de más allá un inútil. Y una vez que el mote se pega, como un virus o una sustancia viscosa, no es fácil retirarlo y se mete entre nosotros y el otro, impidiendo ver otras cosas, explorar más allá del prejuicio, aprovechar la espontaneidad, enriquecerse con la compleja realidad de las conductas y los mundos internos.

Eitan ya está más allá del año y Karina comienza a pensar en nidos y otros espacios por el estilo. La educación pre escolar no es muy diferente de la que viene luego: expectativas, temores, ofertas de todo tipo alrededor de lo que el niño debe saber, aprender, experimentar, evitar, en compañía de sus pares:
Eitan está a punto de cumplir 14 meses y tengo en mi agenda 3 números de teléfono de igual cantidad de nidos. Los miro y no me atrevo a llamar: me pregunto si estará listo para ir en marzo, qué quiero que aprenda al año 5 meses, qué busco al mandarlo, qué tipo de lugar espero ver y, sobre todo, qué tipo de profesoras quiero encontrar. Creo que hoy todos estamos estresados por hacer de nuestros hijos contenedores infinitos de conocimiento, unas máquinas bien entrenadas que sean capaces de dar información de todo tipo antes de siquiera haber dejado el pañal. Conozco muchos bebés que desde los tres meses tienen "compañeros" de clase, un aula y una maestra. Siempre he renegado de ese tipo de apuro. Si Eitan sabe o no los sonidos de los animales me tiene sin cuidado, eventualmente los aprenderá. Por ahora, estoy más interesada en que juegue, descubra y se ría despreocupadamente de la vida. Entonces, ¿estaré haciendo lo correcto cuando pienso en un nido?
